Conan, ¡lo que te han hecho sí que es bárbaro!

El Conan de 2011, por Andrés

Antes de nada, quiero matizar que no he leído un comic de Conan en mi vida. Ni un libro. Mi relación con el personaje se limita a las películas de los 80, que me parecen fantásticas dentro de su género, y a la serie de dibujos animados que apenas recuerdo. Y algo que he indagado para preparar esta crítica. Dicho esto, también quiero señalar que no esperaba mucho de este remake del personaje que creó Robert E. Howard, y que quizá sea esta la razón por la que no se califica a esta película como absoluta bazofia.


Si llego a poner esperanzas en esta revisión del héroe de los mundos de Cimmeria, probablemente me hubiera llevado un chasco que no hubiera permitido volver a ver una película de superhéroes en una buena temporada. Para empezar, el título. No sé por qué la han bautizado con el mismo título que la clásica película de John Milius, porque el guión es otro. Cuenta otra historia, muy alejada de aquella primera cinta. La podrían haber titulado Conan y la máscara de Acheron, o simplemente La máscara de Acheron, que es de lo que trata esta “aventura”. Pues, desde el inicio, no nos hablan de Conan, no nos introducen al personaje, sino que cuentan la historia de una máscara de poder, fabricada con huesos de reyes, al más puro estilo El señor de los anillos (sin duda, la trilogía de Peter Jackson ha marcado un antes y un después), y tras presentarnos hasta al villano (increíble, aún no sabemos nada del héroe), de repente los pueblos están en guerra, madre de Conan incluida, a la que practican una cesárea en mitad de batalla de la que mejor no comentar nada, porque me entra la risa. Antes de tener motivos de venganza, descubrimos que en esta nueva versión que a Conan no le vuelven sanguinario y vengativo, sino que ya lo era desde era un barbarito. ¿Pero qué Conan es éste? ¿Un  noble guerrero o el hijo de Charles Manson? Las comparaciones con las dos películas protagonizadas por Arnold Swcharzenegger son inevitables, pero no lo serían tanto si la película se sostuviera por algún lado. Los diálogos son ridículos; los actores, más malos que buenos; los personajes, vomitivos (creo que no recuerdo un malo de película con menos carisma que Stephen Lang, tanto en esta como en la sobrevalorada Avatar sólo me revuelve las tripas. Si, además le dan este papel con tan poca chicha…); y la historia, en fin, mezcla sin ningún sentido El señor de los anillos con Prince of Persia y lo baña todo en sangre (que no falte). Jason Momoa, el actor que encarna a Conan, es de lo poco salvable, pero el personaje que le han brindado no ayuda en nada. Este nuevo bárbaro no se asusta de la brujería (por cierto, el mago aquí es un vulgar ladrón con unas llaves maestras. Así como suena. Entonces, ¡de qué se va a asustar, el pobre!), no dice ¡Por Crown! ni una sola vez, y, lo que me faltaba por ver, se enamora a las primeras de cambio.

Este no es el Conan que recordamos, ni ésta se parece a la cinta que disfrutamos. Cuesta ver que aquellas fantásticas películas de aventuras, con unos paisajes emblemáticos y una banda sonora absolutamente maravillosa, épica de verdad (vaya trabajo hizo Basil Poledouris, el mejor de su carrera), han dado paso a este avance de videojuego de Play Station, que dudo haya satisfecho a alguien. A veces da la sensación de que se quieren cargar el cine. Películas como ésta, con todo el potencial que tenía, no merecen ni siquiera ir directa a los videoclubs. Además, no sale Jorge Sanz, ni el desierto de Almería. Pero, lo dicho: ¿acaso esperábamos algo?

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